Sobreviví al minuto imposible
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Era un viernes 24 de junio, las diez de la noche, estaba en el salón de mi casa, las fiestas de los miércoles en Suances comenzaban a pasar factura (tampoco soy ningún quinceañero) y lo de salir tres días a la semana se me hacía una labor de intrépido aventurero que mi débil fuerza de voluntad me impedía; degustaba los últimos sorbos de una coca cola para superar la copiosa ingesta de pizza, ya que el cuarto partido de la final había sido tan intenso como largo. Sonaba el teléfono de casa, era un amigo que había comprado entradas por internet para un teórico quinto partido, conversé animadamente más de una hora, ya estaba liada, la promesa a San Naismith estaba hecha: “no me perderé el quinto partido de una final de la ACB y veré un partido de NBA en directo antes del 2010”, así que el domingo 26 iba a ser un gran día.

Fuimos cinco, en realidad tres fanáticos de este deporte (otros nos llaman frikis) y dos a los cuales convencimos vilmente para que nos acompañaran (por cierto todavía debo pasta de la gasolina). El viaje fue un placer, dos horas de discusión sobre el estado del baloncesto regional, europeo y mundial con mil y una hazañas de jugadores emblemáticos rescatados del olvido, con la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mucho mejor (no digo yo que me estoy haciendo viejo).


En Vitoria nos esperaba un sol de justicia, hacía olvidar el terrorífico frío invernal que padecen nuestros vecinos vascos. Las cercanías del pabellón eran un río incesante de gente caminando hacía el mismo lugar, una hora (quizás algo más) antes ya estábamos allí, coincidiendo con la llegada del mismísimo Florentino Pérez.

Con la cámara digital por ojos, mi boca no se podía cerrar al observar aquel coloso templo destinado a la práctica de mi amado deporte (y eso que no era la primera vez que estaba en él). Una interminable cola nos esperaba para entrar en el palacio, por arte de magia y la extraordinaria estructura organizativa,  en pocos minutos estábamos dentro (todavía me acuerdo de los partidos en el Vicente Trueba ACB, tardabas más en llegar a la puerta que a la caja de unos grandes almacenes en época navideña).


Dentro se palpaba un ambiente de gran cita, un cuarto de aforo a pesar de que hacía menos de diez minutos que se habían abierto las puertas. No sabía hacía dónde enfocar mi cámara, la cancha presidida por el trofeo ACB, Calderón dando una exhibición de tiro: uno, dos, tres, cuatro.. ante nuestros ingeniosos comentarios: ”como para dejarle solo”, la música charanguera calentando motores ante el sigiloso baile de los aficionados buscando asiento y unos madridistas  que se habían colado sin invitación en una conmemoración de etiqueta.

Encontramos nuestra localidad, al lado de los ultras madridistas; lejos de la imagen skin son unos cuarenta chavales, en su mayoría del sector femenino, ataviados con interminables banderas nacionales, cuya máxima osadía era aprovechar los escasos momentos de silencio para gritar “España, España”, escoltados por la Ertzaintza.


Doce minutos para que comience el partido, el público se pone en pié y una ovación desconcertante, por lo inusual, nos paralizaba bajo la pregunta: ”¿Qué pasa...?” Entraba a la pista Ivanovic, las palmas hacían retumbar el campo, ese equipo era Dusko y su gente sabía que era la última vez que le iban a ver salir de la bocana de vestuarios con su rostro serio y concentrado analizando hasta los extremos más enfermizos el juego de su adversario; él se iba, su ciclo para bien o para mal había finalizado.

El encuentro fue una lucha de poder a poder, hasta el último aliento, el griterío era ensordecedor, el pitido de los colegiados era un grano de arena en una tormenta en el desierto, inaudible por mucho esfuerzo que pusieses, intenso, con un excelente juego por instantes y donde la batalla balcánica desde los banquillos marcaba el desarrollo del mismo.


Todo se resume en un minuto, marcador 69-61, Scola jugándose bandejas acrobáticas con el apoyo del respetable ante el monumental enfado de su entrenador, que le pedía sin descanso que moviese el balón, los cánticos de victoria se oían desde Bilbao, las bufandas al aire, el público saltando y entregado a la celebración de un titulo, pero la épica marcó la final, un colapso en el sistema funcional del conjunto vitoriano, les hacía perder balones a velocidad ultrasónica, Splitter parecía que era la primera vez que sacaba de fondo y el resto sin saber ni qué hacer ni cómo.

Cada pelota abandonada a su destino era aprovechada por el conjunto blanco para abofetear las mejillas del forofismo local, que cambiaba su rostro de euforia en una mezcla de expectación y espanto. Se mascaba la tragedia cuando con 69-67 en el electrónico y 13 segundos por jugarse, el balón era visitante. Herreros se iba a la esquina, a pesar de no haber jugado más que por las cinco personales de Bullock, él parecía destinado (era el elegido), triple, dejando en simple anécdota el tapón posterior de Fotsis ante la penetración a la desesperada de Calderón. El afónico Ivanovic, incrédulo, y el maestro Boza, impertérrito caminando hacia el centro de la cancha para saludar, sorteando a sus jugadores, que embriagados de júbilo no paraban de moverse.

El sepulcral silencio reinante solo lo rompían el alborozo de la pequeña parroquia madridista, el desarrollo del encuentro y el segundo subcampeonato en un mes (tras la final de la Euroliga) hacían más dolorosa la función de asumir la pérdida de un campeonato al que ya se imaginaban dando brillo a sus vitrinas

 
_Fotografías por enviados especiales a Vitoria-Gasteiz